El testimonio de un exyihadista: «los valores occidentales son correctos»

Marcha de la unidad en la Plaza de la República, en París, el 11 de enero de 2015, tras los ataques perpetrados contra la revista satírica Charlie Hebdo / Kenzo Tribouillard / AFP PHOTO

Un encuentro tan polémico como enriquecedor. A principios de abril, en el teatro Déjazet de París, al lado de la Plaza de la República en París, se reunió más de un millar de personas para hablar de terrorismo, de defensa y de radicalismo político. El evento, en Francia, país atacado en dos ocasiones, tuvo un efecto de purificación colectiva: todos necesitaban hablar de cómo defender los valores republicanos, de cómo rechazar la ideología y la violencia yihadista, de cómo recuperar la ilusión ante los populismos llenos de odio y de racismo; temas, estos, de contenido muy europeo y cuya solución solo podría venir de la cooperación europea, tal y como evocaron los mismos participantes.

Rafael Guillermo LÓPEZ JUÁREZ

La jornada, bautizada con el nombre de «La revancha» (Le Sursaut, en francés), fue organizada, entre otros, por la delegación europea del Comité judío estadounidense, junto con la Fondation pour l’Innovation Politique (Fondapol), la Fondation Jean-Jaurès y la Asociación francesa de víctimas del terrorismo. Participaron numerosas personalidades del mundo de la cultura y de la política, como el primer ministro francés, Manuel Valls, o el escritor Tahar Ben Jelloun. Se evocaron muchos temas a lo largo del día: el terrorismo y el yihadismo fueron los principales, pero también hubo espacio para la futura política europea de defensa, para las identidades individuales y colectivas, para la religión y para el laicismo. La construcción ―y pérdida― de las identidades ante la globalización y el liberalismo económico suscitó un debate encendido ya que, se adujo, esta era la causa principal de la mayoría de las tensiones sociales actuales y, por ende, de la crisis política y de seguridad que azota Europa. Estemos o no de acuerdo, en LA MIRADA EUROPEA nos hacemos eco de algunos testimonios dignos de mención.

IDENTIDADES MÚLTIPLES Y UN SOLO RELATO

Ser tolerantes con la diferencia fue un ruego permanente: uno de los grandes momentos del día se produjo cuando se reflexionó sobre la importancia que los ciudadanos le brindaban al «otro» en democracia. Delphine Horvilleur, rabí y escritora francesa, explicó que ella misma no era el resultado de una sola identidad o doctrina, sino de la suma de varias tradiciones superpuestas. La dificultad residía, sin embargo, en que nos costaba hacerle un hueco a los demás en nuestras vidas, a pesar de que fuese indispensable. Este era, en su opinión, el mal de las religiones, ya que por definición debían considerarse a sí mismas las únicas verdaderas y puras. Ahora bien, afirmaba, era urgente invalidar ese discurso en nuestras democracias: «nuestras sociedades son impuras; nuestras identidades, incluso las religiosas, viven en una contaminación permanente o, mejor dicho, se nutren constantemente». Citó así como ejemplo su propia religión, el judaísmo, una confesión, observó, enriquecida profundamente por sus encuentros con la alteridad. Negarlo, advirtió, sería letal. «Deberíamos sentirnos orgullosos de nuestras identidades e ir hacia los demás», concluyó.

«La pureza no existe. Nuestras identidades, incluso las religiosas, se nutren constantemente de múltiples fuentes» (Delphine Horvilleur)

Todos disponemos de características que nos distinguen, pero resulta apremiante construir un relato que todos compartamos para que podamos vivir en armonía. Dominique Schnapper, socióloga francesa, experta del concepto de comunidad, inició su intervención constatando que para ella las identidades hoy eran tan complejas como en el pasado: «la diversidad de la identidad forma parte de la naturaleza humana, ¿no es estupendo?»; claro que, hasta ahora, ha sido la historia nacional la que ha permitido erigir ese relato común. La nación supo y sabe enmarcar, antes y ahora, la idea de «nación cívica» que proponía Habermas, pues su objetivo no era otro que el de transcender las distintas dimensiones de las identidades particulares (religiosas, étnicas, etc.),  sin que ello implicara su desaparición, acaso para salvarlas. Ese equilibrio facilitado por el relato nacional estaría hoy en tela de juicio, pues otras narrativas estarían tomando la delantera y marginalizarían la historia común.

Los valores, además, no bastarían: Schnapper declaró haberse quedado afligida el día en que descubrió que, durante la segunda guerra mundial, los soldados estadounidenses no habían luchado animados por principios democráticos per se, sino por un sentimiento patriótico muy profundo. He aquí por qué era esencial mantener el relato común de raíz nacional como vehículo de nuestros valores. Con todo, señaló que para ella «nación» nada tenía que ver con un nacionalismo excluyente, sino todo lo contrario: deseaba que un día una ciudadanía europea bien entendida pudiese sobreponerse a las demás.

Para Raphaël Enthoven, la capacidad de pensar por nosotros mismos y, sobre todo, contra nosotros mismos debería ser la condición previa de la configuración de una historia común.

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Raphaël Enthoven.

En cualquier caso, la construcción de un relato nacional no se puede llevar a cabo mediante la simple aceptación de una historia o de unos valores dados. Para Raphaël Enthoven, filósofo, la capacidad de pensar por nosotros mismos y, sobre todo, contra nosotros mismos debería ser la condición previa de la configuración de esa historia común. La ponderación, refugio de una cierta pusilanimidad, era un falso aliado porque ninguna comunidad surgía de la simple yuxtaposición de opiniones: era esencial echarle leña al fuego, confrontar ideas en un verdadero debate colectivo. Solo mediante la transformación de la propia opinión en argumentos para convencer a los demás y darles la oportunidad, si así conviniese, de que ganasen el debate cuando sus argumentos fuesen más fuertes que los propios se podría construir dicho sentimiento de pertenencia a algo común.

IRSHAD MANJI: EL COMPROMISO CÍVICO DEL ISLAM LIBERAL

Huelga decir que los musulmanes europeos están llamados también a deliberar en este debate colectivo de escala continental, recordaba Irshad Manji, una escritora canadiense de cultura musulmana, periodista y militante feminista. Es ella una ardiente defensora del librepensamiento y es conocida por cuestionar un gran número de interpretaciones históricas del Corán. Al constatar el escepticismo de la sala del teatro Déjazet cuando describía un Islam reformado y argumentaba la necesidad de que todos nos uniésemos, musulmanes y no musulmanes, en la batalla contra los extremistas, asintió y dio la razón al público: los franceses hacían bien en desconfiar; y añadió: «en el Islam, sin embargo, nadie tiene derecho a considerarse Dios y a jugar con la vida de los demás». «Ninguna escritura», insistió, «pone en tela de juicio la libertad humana».

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Irshad Manji / Keith Beaty

Y fue más lejos: «nadie tiene el derecho de considerar que su interpretación del Islam es la buena ya que nadie es Dios en la Tierra». Ella defiende una comunidad musulmana compuesta de individuos libres capaces de mantener en todo momento un espíritu crítico y de tomar sus propias decisiones. A lo largo de los últimos quince años, Manji ha sido una militante activa, ha trabajado al lado de esos musulmanes que se dejan la piel por ese «derecho a estar en desacuerdo» en una sociedad abierta cuyo objetivo constitutivo último sea el ideal democrático de tolerancia mutua y de solidaridad social.

«Ninguna escritura pone en tela de juicio la libertad humana» (Irshad Manji)

En ese alegato del librepensamiento Manji criticó la autosatisfacción de los gobiernos occidentales, a los que juzgó demasiado hipócritas. A su entender, una de las razones del aumento del populismo en Francia y en otros países como Suecia es el sentimiento de frustración de los ciudadanos, que votan a partidos xenófobos sin ser racistas simplemente por un hartazgo que expresan contra lo que consideran la incompetencia de los líderes para garantizar el bienestar y proteger la libertad y el resto de valores republicanos. «No deberían callarme a mí por pedir un Islam liberal», espetó; «deberían desautorizar a los intolerantes».

DAVID VALLAT: LA EXPERIENCIA DE UN EXYIHADISTA

Nuestros valores son la fuente de los ataques que sufrimos en carne propia y ya es hora de que determinemos bien quién es nuestro adversario: «debemos hacernos las preguntas correctas». Así comenzaba sin dobles tintas David Vallat, lionés, empleado en el sector industrial, antaño yihadista y condenado por terrorismo en los años noventa. «No es posible ganar una batalla sin determinar cuál es la verdadera amenaza»; si no, advertía, no habría estrategia que valiese. En La revancha su intención era contribuir a la redacción colectiva del enunciado del problema al que «todos nos enfrentamos».

David Vallat
David Vallat en Le Sursaut.

Nuestro enemigo no era el Islam, afirmaba David Vallat: «son los wahabistas, los salafistas y los Hermanos Musulmanes». Aquello a lo que nos enfrentamos, explicó, es «una ideología, una lectura profunda del mundo elaborada por estos tres colectivos». Concretamente citó «a los saudíes y a los cataríes», pero matizó que la difusión de dichas ideas no la llevaban a cabo los Estados, sino los imanes y «pensadores» de la región. Vallat consideraba que estos tres grupos, convergentes en los objetivos finales, diferían solo en los medios para lograrlos. Si los dos primeros se inclinaban por la subversión y la violencia, los Hermanos Musulmanes jugaban la carta de la democracia para minar sus pilares. Confiaban, declaró, en que el relativismo occidental, terreno fértil para el radicalismo, jugase a su favor: si los occidentales dudaban de sus valores sería fácil aprovechar sus contradicciones. Sin embargo, sostenía Vallat, los occidentales, y sobre todo los franceses, debían albergar al menos una convicción: que «la occidental es una ideología bien fundada ya que nos permite a todos vivir en comunidad con total libertad»; por eso, explicaba, «no conviene flaquear frente a los detractores de la laicidad», ya que esta es la base, en Francia, sobre la que se fundamentaría la libertad y la tolerancia.

«No se trata de mantener una actitud displicente o beligerante, mucho menos intolerante con la diferencia, sino de estar seguros de que nuestro proyecto de sociedad dispone de las bases adecuadas y de que defendemos valores inclusivos y progresistas» (David Vallat)

Posteriormente, David Vallat detalló los ejes de la estrategia yihadista en el país galo, cuyo objetivo no sería sino el de crear en los musulmanes franceses un sentimiento de segregación y de exclusión. La estratagema se componía de varias etapas:

La educación. Desacreditar la escuela era la prioridad: no tanto en el fondo, ya que al proponer un acceso al saber era difícil denigrarla, como en la forma. Si bien la escuela republicana y laica francesa formaba a ciudadanos críticos y librepensadores, era vital conseguir que los estudiantes la rechazasen en su totalidad. Para combatir esa plaga, explicó Vallat, «no conviene delegar la responsabilidad en los directores de instituto, sino responder desde arriba, con firmeza, de forma clara y definitiva, para dejar claro que no se aceptará ningún tipo de proselitismo religioso». La educación era el elemento primordial ya que «no hay nada mejor para un prelado que tener enfrente a alguien que no dispone de los medios para leer el mundo y autocriticarse y que, además, se ha enfadado con el sistema educativo». Es la fórmula perfecta para captar nuevos adeptos.

La cocina. «Nada hay más insultante para un francés que ver cómo le rechazan una invitación para comer en su casa poniendo como excusa que su comida es impropia al consumo, que es impura». La invención del postulado de la carne halal, «que se pretende tal cuando en realidad no es más que un negocio redondo», «es un racismo inaceptable ligado a la comida», declaró rotundo Vallat. «Les invito a que llamen al imán de Constantina o de Marrakech para preguntarles si en Francia, a excepción del cerdo, las carnes están permitidas: todos les dirán que sí». Se trata, a su parecer, de una estigmatización que se inflige a sí misma una comunidad que decide, a veces sin darse cuenta, no compartir sus comidas con el conjunto de la comunidad nacional: «los musulmanes que se obstinan en comer esa carne ya no cenan con sus vecinos y se separan en los comedores escolares y laborales». Una segregación de facto.

La política. El argumento se nos antojó simplista pero así garantizó Vallat que se expresaba: «en los barrios periféricos» de las ciudades francesas «se incita a los jóvenes a no votar porque es pecado ya que cuando uno vota en un Estado como el francés o por un sistema como el que este representa se respalda en última instancia, aducen, el matrimonio entre personas del mismo sexo». Sin embargo, argüía Vallat, lo que se había de comprender es que un chico de veinte años que se inmola no lo hace solo por razones sociales, psicológicas o políticas, sino porque detrás hay una ideología wahabita saudí «ultrarigorista y ultraretrógrada» que lucha, porque odia, contra aquello que representamos: una sociedad que preconiza la libertad de las mujeres, la libertad religiosa y la aceptación de la diversidad de las orientaciones sexuales.

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París, tras los atentados de noviembre de 2015.

Frente a estos tres grupos radicales, continuó David Vallat, la respuesta democrática había de ser la entereza, ni un paso atrás: «es necesario reaccionar con holgura a la menor impostura, al menor lenguaje intolerante, a la menor observación extraña». Los derechos se defendían y para ellos era esencial, decía el exyihadista, volver al ánimo de los redactores de la Declaración de los Derechos Humanos, ya que era un combate dialéctico diario. Era fundamental que estuviésemos todos a la altura de nuestro ideal de sociedad, si no habría ganado la intolerancia, se temía. Ahora bien, esto no consistía en mantener una actitud displicente o beligerante, mucho menos intolerante con la diferencia, señalaba, sino en estar seguros «de que nuestro proyecto de sociedad dispone de las bases adecuadas y de que defendemos valores inclusivos y progresistas»: la laicidad, concluyó, es el único medio para que todos vivamos con respeto y en un pie de igualdad.

Artículo redactado originalmente en francés para La Revue Civique

LA REVUE CIVIQUE IV

Profundice:

Vídeo de la intervención de David Vallat en La revancha (en francés).

¿Reformar el islam?, un debate entre Irshad Manji y Mehdi Hasan en la cadena Al Jazzera (en inglés).

#NotInMyName: los musulmanes se movilizan contra el Estado Islámico, un artículo de Le Parisien (en francés).

La seguridad de la UE, una urgencia política, una tribuna de Jacques DELORS et al., del Instituto Jacques Delors (en francés).

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