El último tiro de Theresa May

La primera ministra británica, Theresa May, en una conferencia de prensa con el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. La primera ministra británica, Theresa May, en una conferencia de prensa con el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker.

Tras el esperpento de las últimas semanas, el Brexit se confirma como la versión política del teatro del absurdo. La vergüenza que está generando solo confirma un elemento: los que desean la desintegración de Europa no tienen un plan B y ni siquiera saben cómo salir de ella. En pleno punto muerto de la negociación final, Julio Guinea Bonillo, profesor universitario y coordinador de Volt Europa en Madrid, nos propone un análisis necesario.

Julio GUINEA BONILLO

Desde hace varios meses el Brexit se ha convertido en una especie de espectáculo que ha venido intoxicando la opinión pública europea, dramatizando las actuaciones de los parlamentarios en la Cámara de los Comunes, con un continuo número de anécdotas para la prensa sensacionalista. El hastío es más que palpable, no solo para los ejecutivos de las grandes empresas, de las grandes entidades bancarias y de las corporaciones que mueven el mundo, sino también para los funcionarios comunitarios de las plantas superiores del edificio Berlaymont, que aparecen tan cansados como los ciudadanos humildes y sencillos que se muestran disconformes ante la pésima actitud y gestión de los políticos británicos, que no saben ponerse de acuerdo para la ratificación del acuerdo sobre el Brexit, firmado por el gobierno de su Majestad. 

Los europeos no parecen darse cuenta de que conceder más prórrogas aumenta el desgaste y la debilidad de la propia Unión.

Después del ultimátum ofrecido por los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea, el pasado jueves 21 de marzo de 2019 y del último rechazo del Parlamento Británico a las diversas propuestas planteadas desde el propio Parlamento, seguimos sin conocer el futuro del Brexit. ¿Será duro? ¿Será blando? ¿Habrá Brexit? ¿Habrá revocación? Si solo quedase un último tiro, y fuéramos Theresa May, nos rondarían por la cabeza malas ideas. 

Sabemos que los parlamentarios británicos se niegan a plegarse a las condiciones impuestas en el Tratado Brexit, que ambas partes, tanto la Unión Europea como el gobierno británico, han confirmado como la única posible salida ordenada para la retirada de la Unión. Por esta razón, el Consejo Europeo activó la primera las posibles prórrogas que se sucederán al amparo del artículo 50 del Tratado de la Unión de una manera tan expeditiva que se esperaba que los británicos, actuando con diligencia y sensatez, se tomasen en serio a lo largo de los siguientes días la aprobación del Tratado Brexit. Pero ni con esas, el tratado sigue empantanado y sin visos de ser aprobado.

Mientras tanto, los europeos no parecen darse cuenta de que conceder más prórrogas aumenta el desgaste y la debilidad de la propia Unión, máxime cuando los británicos se irán definitivamente en unas semanas. Mantener la agonía del enfermo, sobre la base de los paliativos, no va a hacer que vuelva a su plenitud, con la fuerza que tenía antaño, antes de la invocación del artículo 50.  

Hay una evidente falta de liderazgo y un creciente cuestionamiento de la solidez de las instituciones democráticas del Reino Unido.

De hecho, los políticos británicos permanecen tan absolutamente alejados de la realidad que los propios miembros de la Cámara de los Comunes no han escuchado las voces de 6.000.000 de ciudadanos que piden revocar este verdadero desastre. Sus señorías dijeron alto y claro que no a una posible Unión Aduanera, a la celebración de un hipotético referéndum de confirmación, a cancelar el Brexitmediante revocación, pero también dijeron lo contrario, que tampoco quieren salir sin acuerdo; se negaron a un Brexitduro con un tratado comercial; también rechazaron la posibilidad de avanzar en un Plan del Partido Laborista, consistente en una Unión Aduanera muy estrecha; y se negaron a establecer una relación con la Unión en términos exclusivamente de Mercado Único o, mejor todavía, en términos de un nuevo Mercado Común 2.0, esto es, formar parte a la vez de la Asociación Europea de Libre Comercio y de la Unión Aduanera con Europa. 

En definitiva, los británicos están como la famosa comedia palatina de Lope de Vega del Perro del Hortelano, que ni come ni deja comer y, por ahora, parece que los europeos no se están dando cuenta de este juego que está costando el crédito político de la Unión. El último de los puntos al que esta semana hemos llegado es que los británicos, después de haberse negado a avanzar, tampoco descartan celebrar una cuarta votación del acuerdo Brexit. Decía el portavoz de la cámara que no habría una tercera aludiendo a una norma del siglo XVII y ojo, puede llegar a una cuarta. Esta cuestión empieza a rayar lo absurdo porque los votos sustanciales para apoyar el Acuerdo Brexitno terminan de cuajar. 

Sin ir muy lejos, los miembros del Partido Democrático Unionista han aseverado por enésima vez que votarán en contra y buena parte del laborismo y de los conservadores también lo harán. Parece que la solución bien podría venir de una reunión conciliadora entre los líderes del Partido Conservador y del partido de laborista, pero ya me dirán ustedes qué se puede esperar de la máxima adalid del Brexit y de aquel que en el referéndum de 1975 defendió un Reino Unido fuera de las Comunidades Europeas. Ambos personajes en estos tres años que llevan en sus respectivos puestos, durante el Brexit, no han logrado desencallar esta situación, así que en menos de dos semanas tampoco lo van a hacer. ¡No se engañen más! Hay una evidente falta de liderazgo, hay un creciente cuestionamiento de la solidez de las instituciones democráticas de Reino Unido y existe la seria duda de que sus señorías tengan el suficiente sentido común para conseguir sellar un acuerdo sobre el Brexit que no ponga en peligro los derechos de los ciudadanos europeos, la cuestión de la frontera entre Irlanda e Irlanda del Norte o el pago de las deudas pendientes del país con la Unión. 

Todavía queda tiempo para usar la última bala, veremos qué resorte emplea el ejecutivo conservador.

Por lo tanto, la extensión ya es noticia, Theresa May ha solicitado un nuevo plazo que se extienda más allá del 12 de abril, pero no podrá ser superior a la fecha de celebración de las elecciones europeas, porque los británicos no quieren participar y el Parlamento Europeo se constituirá el 2 de julio de 2019. Si para entonces el Reino Unido permaneciese en la Unión y no se hubiesen celebrado las correspondientes elecciones europeas, tendrían un serio choque con la Comisión Europea. 

El ambiente está tan crispado, y tan polarizado, que los políticos británicos no quieren que los ciudadanos voten en unas elecciones al Parlamento Europeo, ya que se convertirían en todo un referéndum de permanencia en la Unión Europea y, por lo tanto, podrían tumbar hasta al mismo gobierno. El deseo de la primera ministra ya se ha hecho ver: quiere evitar a toda costa que la ciudadanía británica se posicione, ya que sería origen de una mayor división interna y se pondría en evidencia, posiblemente, la fractura del bipartidismo británico, por el ascenso de partidos más europeístas. 

Así las cosas, las peticiones de unidad del ejecutivo británico chocan contra un muro, el de la realidad, que no ofrece datos halagüeños, ni circunstancias favorables para poder sobrellevar las próximas semanas con el menor nivel de entusiasmo. Todavía queda tiempo para usar la última bala, veremos qué resorte emplea el ejecutivo conservador, el legislativo británico o el Consejo Europeo, para no llegar a la fecha límite y que se desencadene una verdadera crisis económica, esta vez Made in Europe.

Julio GUINEA BONILLO es profesor de Unión Europea en la Universidad Rey Juan Carlos y profesor de Derecho Internacional Público en la Universidad Europea de Madrid. También es coordinador de Volt Europa en la capital española. Síguelo en Twitter: @JulioGuinea.