De monstruos, de villanos y del referendo sobre la pertenencia a la Unión

J. K. Rowling, la autora de la saga Harry Potter, rompió la semana pasada su silencio respecto del referendo británico. Hoy, día de la votación, LA MIRADA EUROPEA propone, en una última entrega sobre el Brexit, la traducción al español de su alegato a favor de la convivencia. 

Rafael Guillermo LÓPEZ JUÁREZ (traducción)

No soy una experta en muchas cosas, pero sí sé cómo crear un monstruo.

Todos los malos de ficción inmortales encarnan terrores primarios y comparten ciertos rasgos. Invencibles hasta la inmortalidad, cometen atrocidades sin conciencia y no pueden ser derrotados por comunes mortales o por medios convencionales. Hannibal Lecter, el Gran Hermano y Lord Voldemort: todos son a la vez inhumanos y sobrehumanos y esto es lo que más nos asusta.

A medida que este país ha entrado en lo que se recordará como una de las campañas más conflictivas y amargas de entre las libradas dentro de nuestras fronteras, he pensado mucho en las técnicas de creación de villanos. Se nos pregunta si queremos seguir formando parte de la Unión Europea y ambas opciones durante esta campaña nos han estado contando historias. No me refiero a «historias» en el sentido de «mentiras» (aunque algunas mentiras se han dicho sin duda). Me refiero a que intentan atraer nuestra adhesión a través de la necesidad universal que sentimos de dar sentido al mundo a través de un relato y a que no han temido invocar monstruos imaginarios para conjurar nuestros miedos más profundos.

Nada de esto es nuevo, por supuesto. Todas las campañas políticas cuentan historias. Se autoproclaman nuestros salvadores, nos seducen con historias de quiénes somos o podríamos ser, nos venden recuerdos de un pasado de tintes rosados y nos dibujan imágenes aterradoras de los peligros que se avecinan si elegimos a los héroes equivocados. Sin embargo, las historias que nos han contado durante este referendo han sido las más feas que recuerdo haber escuchado en toda mi vida. Si alguien ha disfrutado de este referendo deben de ser solo los que esperan incrementar su poder personal tras su celebración.

Para algunos de los partidarios de la salida, no es que la UE sea imperfecta o que requiera mejoras: es que es malvada.

El relato de la campaña a favor de la salida se ha reducido a esto: la UE nos está explotando y engañando. Si somos incapaces de ver que el Reino Unido solo podrá recuperar su estatus de superpotencia dejando la Unión, es que somos antipatriotas, cobardes o parte de la élite corrupta.

Los partidarios de la permanencia nos han bombardeado en su mayoría, no con una visión optimista de la unión, sino con sombríos hechos: todo el dinero está saliendo del país ante la perspectiva del Brexit y los expertos de todos los campos consideran que salir de la UE será un error catastrófico. Teman lo peor, dicen los partidarios de la permanencia, frenen, den media vuelta mientras todavía haya tiempo: están corriendo a toda velocidad hacia un precipicio.

Sin embargo, los contrarios al Brexit están encontrándose con muchos oídos sordos que no escuchan sus tétricos pronósticos. La crísis económica de 2008 dejó tras de sí una sensación generalizada de que las instituciones financieras no son de fiar. El establishment, el poder establecido, se ha convertido en una injuria que lo justifica todo. Vivimos una época cínica e insegura. La confianza en el análisis desinteresado y razonado de los expertos se ha visto disminuida, al tiempo que la cultura popular glorifica hoy las corazonadas y los presentimientos. En Estados Unidos, esto recibe el nombre de «política de la post-verdad». Olviden los hechos, sientan la rabia.

La campaña a favor del Brexit se está beneficiando de nuestro cinismo generalizado y, como era de esperar, lo fomenta. «Los ciudadanos de este país ya han tenido suficientes expertos», declaraba recientemente [el político conservador] Michael Gove en televisión. ¿Y qué si el Financial Times, los mercados y los dirigentes del Banco de Inglaterra así como del Fondo Monetario Internacional han concluido, todos, que el Brexit infligirá un daño muy serio a la economía? Son unos alarmistas, afirma Gove. Los líderes de ambas campañas quieren que nos asustemos solo con los monstruos que ellos elijan.

Es deshonroso sugerir, como muchos han hecho, que los partidarios del Brexit son racistas y fanáticos: no lo son. Sin embargo, es igualmente absurdo fingir que no hay racistas y fanáticos en la causa por el Brexit.

Para algunos de los partidarios de la salida, no es que la UE sea imperfecta o que requiera mejoras: es que es malvada. La unión que nació de un deseo colectivo de no volver a ver otra guerra en Europa ha quedado reducida a un monolito orwelliano, a una suerte de Gran Hermano que desea controlarlo todo. La confusión generalizada sobre lo que la UE hace y deja de hacer ha sido de gran ayuda a los partidarios del Brexit. Los resultados de una encuesta reciente de IPSOS/Mori revelan la profundidad de nuestra ignorancia. Subestimamos demasiado la cantidad de inversión internacional que recibimos de la UE, mientras que sobredimensionamos sin piedad la cantidad de leyes que aprueba, las sumas de dinero que gasta en la administración y el número de inmigrantes comunitarios que viven en nuestro país. En algunos casos nuestras conjeturas exageradas superan diez veces la realidad.

Los inmigrantes, por supuesto, han sido el centro de algunos de los argumentos más desagradables de esta campaña. La discusión razonada ha demostrado ser casi imposible. Los del sí a quedarse insisten en que seguimos manteniendo el control de nuestras fronteras y que necesitamos de la inmigración, sobre todo porque una parte importante de nuestro personal médico del sistema de salud público proviene del extranjero. Estos insisten en que nuestra capacidad de defensa y nuestras estrategias de lucha contra el terrorismo se ven reforzadas gracias a nuestra participación en la UE. Sus argumentos, sin embargo, no han logrado más que un éxito parcial, ya que los del no a quedarse han estado ocupados amenazándonos con otro monstruo: un tsunami de extranjeros sin rostro que se dirigen hacia nuestras costas, entre los que se cuentan violadores y terroristas.

Es deshonroso sugerir, como muchos han hecho, que los partidarios del Brexit son racistas y fanáticos: no lo son y es vergonzoso que se sugiera lo contrario. Sin embargo, es igualmente absurdo fingir que no hay racistas y fanáticos en la causa por el Brexit o que, como ocurre en algunos casos, no la están dirigiendo. Para algunos de nosotros, este hecho por sí solo basta para que nos paremos a pensar un instante. La imagen de Nigel Farage [el líder euroescéptico de UKIP] de pie delante de un cartel que muestra una marea de refugiados sirios con el título Breaking Point (‘punto de ruptura’) es, como un sinnúmero de personas ya han señalado, casi un perfecto duplicado de la máquina propagandística utilizada por los nazis.

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Nigel Farage, el líder de UKIP, ante el cartel al que hace referencia J. K. Rowling.

El nacionalismo se ha activado en todo el mundo occidental, alimentándose de los terrores que trata de inflamar. Todo nacionalista le dirá que su nacionalismo es diferente, una respuesta natural, benigna a las necesidades y problemas particulares de su país, nada que ver con el nacionalismo de antaño que terminó matando a la gente. Sin embargo, todos los estudios académicos sobre le nacionalismo han relevado las mismas características clave. Su país es el más grandioso del mundo, brama el nacionalista, y el que no esté de acuerdo ¡es un traidor! Cúbrase usted mismo con la bandera: ¿no se siente más grande y más poderoso? ¿Le da miedo el presente? No se preocupe, tenemos un pasado dorado que venderle, una época mítica que resurgirá ¡desde que nos hayamos librado de los mexicanos/hayamos dejado la UE/hayamos anexionado Ucrania! Confíe sencillamente en nuestras consignas simplistas y disfrute de su rabia contra ¡el Otro!

Qué fácil es proyectar todo lo que nos asusta en la UE. Sin embargo, ¿cómo puede ser un viaje hacia el individualismo egoísta e inseguro la respuesta correcta cuando hemos llegado tan lejos?

Cuando observo al Partido Republicano en Estados Unidos me estremezco. Make America Great Again! (‘¡devolvamos la grandeza a Estados Unidos!’), grita un hombre que es fascista en todo menos en el nombre. Sus dedos rechonchos están hoy horripilantemente cerca de alcanzar los botones nucleares de Estados Unidos. Aumenta su fama proponiendo soluciones burdas e impracticables a amenazas complejas. ¿Terrorismo? ¡Prohibamos la entrada a los musulmanes! ¿Inmigración? ¡Construyamos un muro! Tiene el temperamento de un inestable frecuentador de clubes nocturnos, se burla de la violencia cuando sacude sus mítines y defiende su desdén por las mujeres y por las minorías con orgullo. Dios ayude a Estados Unidos. Dios nos ayude a todos.

Donald Trump apoya la disolución de la Unión Europea; el heredero de una fortuna familiar, el mismo que nunca ha tenido que cooperar o colaborar y que parece incapaz de comprender toda complejidad o matiz. De líderes extranjeros o aspirantes a líderes, Trump recibe solo el apoyo de Vladimir Putin y de Marine Le Pen en su alegato a favor del Brexit. Sin contar estos tres, no hay un solo líder político de cierto renombre que no solicite que el Reino Unido permanezca en la Unión, para la estabilidad política y económica de Europa y del resto del mundo.

Soy el producto mestizo de este continente europeo y soy una internacionalista. Fui criada por una madre francófila cuya familia estaba orgullosa de su legado francés. Mis antepasados franceses vivían en la conflictiva provincia de Alsacia, que sufrió cientos de años la invasión y anexión de Alemania y de Francia. He vivido en Francia y en Portugal, y he estudiado francés y alemán. Me encanta tener estas lealtades múltiples y tantas identidades culturales. Ellas me hacen más fuerte, no más débil. Me congratulo cuando me acerco a las culturas de mis colegas europeos. Mis valores no están circunscritos o confinados en fronteras. La ausencia de un visado cuando cruzo el Canal de la Mancha tiene un valor simbólico para mí. Quizá no estoy en mi casa, pero estoy en mi ciudad natal.

La campaña del Brexit se vende a sí misma como la opción valiente. Haga un acto de fe, afirman. ¡Tírese por el precipicio y deje que la bandera le rescate! Con la arrogancia de un montón de mini-Trumps juran que todo va a ser glorioso, siempre y cuando se desprecie a los expertos prescindiendo de escucharlos. Abrace la rabia y confíe en sus instintos, llenos, espera Nigel Farage, de sospechas hacia la gente de tez oscura, de patriotismo irreflexivo y de indiferencia a las advertencias de la Historia.

Es obvio que no sabemos lo que tenemos. Ignorantes de lo que nos aporta, damos por sentado los beneficios que supone nuestra pertenencia a la UE.

Sospecho que para muchos de nuestros compatriotas un voto a favor del Brexit será un simple grito de frustración, un antídoto a los espectros que rondan nuestra imaginación, contra el terrorismo que parece casi sobrenatural en su capacidad para golpearnos donde más nos duele, contra las grandes corporaciones que se niegan a cumplir con sus obligaciones morales básicas, contra la burocracia que, nos tememos, planea estrangularnos, contra las élites oscuras que, nos dicen, están trabajando para hundirnos. Qué fácil es proyectar todo esto en la UE; qué satisfactorio resulta convertir este referendo en una protesta contra todo aquello que nos asusta de la vida moderna, sea racional o no.

Sin embargo, ¿cómo puede ser un viaje hacia el individualismo egoísta e inseguro la respuesta correcta cuando Europa se enfrenta a amenazas reales, cuando los lazos que nos unen son tan poderosos, cuando hemos llegado tan lejos? ¿Cómo podemos esperar alcanzar la victoria ante los enormes retos que suponen el terrorismo y el cambio climático sin cooperación y sin colaboración?

No, no creo que la UE sea perfecta. ¿Qué unión humana no podría mejorar? En toda amistad, matrimonio, familia o lugar de trabajo, en todo partido político, gobierno y unión económica y cultural, siempre habrá defectos y desacuerdos. Porque somos humanos. Porque somos imperfectos. Así que ¿para qué molestarse en construir estas ambiciosas alianzas y comunidades? Pues porque nos protegen y nos hacen más fuertes, porque nos permiten alcanzar logros mayores y mejores de lo que podríamos conseguir por separado. Deberíamos estar orgullosos de nuestro perpetuo deseo de unirnos, en busca de vidas más justas, más seguras y mejores para nosotros y para millones de personas con las que compartimos nuestro proyecto.

Es obvio que no sabemos lo que tenemos. Ignorantes de lo que nos aporta, damos por sentado los beneficios que supone nuestra pertenencia a la UE. En unos pocos días tendremos que decidir qué monstruos son reales y cuáles imaginarios. Todo quedará resumido en qué historia preferimos, pero no hemos de olvidar que cuando votamos dejamos de ser lectores para ser autores. El final de esta historia, feliz o no, seremos nosotros los que lo escribamos.

J. K. ROWLING, escritora británica

Léalo en inglés:

On Monsters, Villains and the EU Referendum (junio de 2016), por J. K. ROWLING (en inglés).

Siga leyendo:

El Brexit, una gran oportunidad para consolidar la Unión (20/06/16), por Donato FERNÁNDEZ NAVARRETE, en Nueva Tribuna (en español).

Brexit: una oportunidad para Europa (22/06/16), por Édouard TÉTREAU, un artículo de Le Figaro en VOXeurop (en español).

Berlín y París necesitan una estrategia ante el Brexit (03/06/16), por Guntram B. WOLFF, de Bruegel (en inglés).

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