Cinco propuestas para una nueva Europa a 27: primera parte, el diagnóstico

LA MIRADA EUROPEA retoma en septiembre el curso político europeo con cinco propuestas para que Europa se recupere tras las numerosas crisis que ha sufrido, Brexit incluido. Organizadas en cinco artículos que aparecerán a lo largo del mes de septiembre, intentaremos así fomentar el debate político y la reforma de Europa para que esta vuelva a ser portadora de prosperidad. Atención: para aplicarlas se requerirá una nueva generación de europeístas despiertos y valientes. 

Rafael Guillermo LÓPEZ JUÁREZ

PRIMERA PARTE: EL DIAGNÓSTICO

Un nuevo fantasma recorre Europa: el fantasma de la desconfianza en el proyecto común. Muchos son los ciudadanos que se niegan a reconocerlo o simplemente a creerlo, pero lo cierto es que son cada vez más los que se preguntan si la Unión Europea es realmente necesaria o si, por el contrario, no habría devenido en un obstáculo al desarrollo, con rígidas normas que degradan la calidad de los servicios públicos de los ciudadanos.

El voto favorable al Brexit no ha hecho más que reforzar esta duda a lo largo del verano y ya se empiezan a escuchar tímidamente voces que cuestionan la pertinencia de la Unión Europea. En la mente de los ciudadanos, incluso de los que con buena fe quieren creer en el proyecto, la duda florece y carcome la esperanza. ¿No estaríamos de verdad mejor con nuestra soberanía nacional «reconquistada», tomando nosotros «nuestras propias decisiones» sin el dictado de ningún órgano «externo»? A esta pregunta, sin embargo, le suele seguir una especie de intuición, acaso de convicción: seguramente no, porque resulta lógico concluir que la cooperación siempre da mejores frutos que la desunión, que el intercambio siempre enriquece y aporta más que el aislamiento y la desconfianza en el otro y que en un mundo interconectado la unilateralidad es un espejismo. ¿Pero cómo organizar esa unión?

El pasado mes de julio, en una declaración desafortunada, Angela Merkel, la canciller alemana, advirtió de que Europa no tocaría en absoluto ningún tratado fundacional, como en cambio sí habían solicitado algunos analistas, que veían urgente y oportuno dar un nuevo impulso al proyecto común. En la opinión de la Sra. Merkel lo mejor era el inmovilismo, la quietud y la certidumbre; lo esencial era dejar claro que todo proseguiría por la misma senda para, así, favorecer la confianza de los inversores, de las empresas y de los ciudadanos. Se habría podido calificar de brillante intervención, si no fuera porque a los europeístas de corazón nos empezaron a temblar las piernas. Al fin y al cabo, de todos es sabido, esa parálisis es precisamente lo que está minando la confianza en el proyecto común; es precisamente ese conservadurismo cobarde el que saldrá muy caro, en términos políticos, sociales y económicos. De hecho, esa ha sido la tónica en los últimos años: Europa ha tendido a llegar demasiado tarde, para hacer demasiado poco y obtener en general modestos resultados, a menudo insuficientes. Por ello, valdría la pena preguntarse por qué no cambiamos. Si algo no funciona, ¿de qué sirve mantenerlo? La experiencia nos demuestra que la inacción suele agravar problemas medianos y llevarnos a desenlaces mucho peores que, atajándolos de raíz, habrían sido evitables.

No, la firmeza inclemente y la cerrazón radical, tan ominosas, están provocando que países tradicionalmente europeístas y contribuidores ideológicos esenciales al ideal europeo como son España, Italia y Francia se estén viendo asolados por una minoría creciente de euroescépticos.

Además, y de esto ya hace siete años, parece como si para una buena parte de los ciudadanos europeos Bruselas se hubiese tornado en una suerte de madre intransigente contra los países del sur de Europa, a quienes echa la culpa de algo de lo que solo en parte son responsables; o peor, que busca culpables y los «castiga» por sus pecados, en lugar de resolver los problemas de forma pragmática y aprendiendo de la experiencia para establecer mecanismos que eviten en el futuro dichos males.

No, la firmeza inclemente y la cerrazón radical, tan ominosas, están provocando que países tradicionalmente europeístas y contribuidores ideológicos esenciales al ideal europeo como son España, Italia y Francia se estén viendo asolados por una minoría creciente de euroescépticos que, si no se controla, con hechos, podría suponer a medio plazo el naufragio del barco común, para perjuicio de todos.

Los euroescépticos actuales, conviene recordarlo, no son en gran medida más que europeístas desconcertados y deprimidos, personas de buena voluntad que ya no reconocen en Europa el motor del progreso nacional, sino más bien un lastre pesado para la recuperación de sus países. Se está consolidando una duda que, nutrida por los relatos a veces falsamente europeístas y en otras ocasiones abiertamente contrarios al ideal europeo –todos muy rentables electoralmente– podría confirmarse si el rumbo de esta Europa a la deriva, que da la espalda a sus valores fundacionales, no reacciona.

No son pocos los que, proclamándose liberales de derechas propensos a la integración, han comenzado a defender sin tapujos una Europa de naciones en la que no haya sino ciertas reglas más simplificadas y una administración comunitaria menos «invasiva». Esta tendencia se verifica, por ejemplo, entre los candidatos a las primarias para la presidencia del principal partido de la oposición en Francia, Les Républicains (el centroderecha).

También se escucha hoy a personas que se consideran de izquierdas afirmar que sin Europa los sistemas de protección social nacionales se podrían gestionar mejor, que nuestras economías serían más autónomas y soberanas y, de este modo, más eficaces y que en el fondo el mercado común no es más que un instrumento al servicio de las élites para suprimir los derechos adquiridos por la ciudadanía durante décadas. La hostilidad es palpable.

Los primeros quieren «reformar Europa» para que se convierta en un simple mercado con reglas sencillas, donde los países retomen mayor control sobre sus propias decisiones, que al parecer ellos creen autónomas, en lo que vendría a ser una Europa de naciones «fuertes». En esta corriente, los más radicales proponen también que de esta Europa se extirpe a los países de Europa Central, cuya admisión, afirman rotundos, fue un «error histórico».

Los segundos, en cambio, más proclives al transformismo político, se autoproclaman europeístas reformistas pero como están convencidos de que la actual Europa es disfuncional y, por ende, contraria a los valores sociales y progresistas que dicen defender, profesan que la única solución es abandonarla. Claro, ellos aducen que la quieren reformar profundamente, pero en efecto si esa reforma tal y como ellos la proponen no llega, entonces habrá que irse.

La crítica es sana cuando es constructiva y la necesitamos hoy más que nunca, pero debe proceder de los europeístas de verdad, de aquellos que quieren mejorar Europa, no acabar con ella.

Los unos y los otros se consideran europeístas, pero no lo son; en absoluto. Pueden disfrazarse, pero no nos engañan. Ninguno valora con aprecio los logros de la Europa actual: los primeros desprecian todo lo que es comunitario y exaltan solo lo intergubernamental; los segundos realizan una enmienda a la totalidad y defienden una abolición de Europa en los términos actuales. Su animosidad es indiscutible.

Pues bien, la crítica es sana cuando es constructiva y la necesitamos hoy más que nunca, pero debe proceder de los europeístas de verdad, de aquellos que quieren mejorar Europa, no acabar con ella. Cabe dejar claro que ni la vuelta a los Estados-nación ni la enmienda a la totalidad nos van a ayudar. La desconfianza en el otro nunca formó parte del ADN con el cual se construyó la Europa actual. Quien crea que volver a una coordinación más o menos disfuncional de Estados soberanos es el futuro o que sin el mercado único y sus reglamentos funcionaríamos mucho mejor, prosperaríamos mejor y tendríamos más derechos no solo utiliza sofismas para llevarnos a conclusiones falsas y peligrosas, sino que se convierte en un obstáculo para el bienestar común. Y no, no puede proclamarse europeísta, provenga del partido que provenga, porque, vale recordarlo, los euroescépticos los hay en todas las siglas políticas.

En realidad, no es necesario deconstruir el edificio común para volver a la senda de la prosperidad económica y del progreso social: la Unión Europea requiere de unas pocas reformas para devolver a los ciudadanos —a todos, del norte y del sur— la promesa de futuro para la cual fue creada. Que Europa se convierta de nuevo en un faro de esperanza solo depende de la voluntad política real de nuestros dirigentes, a menudo pendientes únicamente de su carrera política personal. Para que Europa renazca solo es necesario que avancemos hacia lo que en el fondo siempre fue inevitable: Europa y su arquitectura, debido precisamente a las reticencias de unos y de otros, se concibió con una serie de disfunciones de base en su funcionamiento institucional y, sobre todo, en sus arreglos monetarios y económicos.

En realidad, no es necesario deconstruir el edificio común para volver a la senda del progreso social: la Unión Europea requiere de unas pocas reformas para devolver a los ciudadanos la promesa de la prosperidad.

Por ello, lo que habría que hacer para reactivar Europa es comenzar por la reparación de dichos fallos que, como queda más patente que nunca en periodos de crisis, nos afectan mucho en lo práctico. Eso sí, si bien estas reformas de imperativa puesta en marcha son jurídicamente sencillas y no necesitarían más que de un acuerdo político, sí tienen consecuencias de gran calado. Nuestro continente no volvería a ser el mismo y es por eso por lo que decimos que el momento de la valentía ha llegado. Si hemos diagnosticado que Europa no es eficaz en su funcionamiento actual no podremos quedarnos quietos: o avanzamos y damos pasos históricos o el edificio se vendrá abajo por el peso de sus propias contradicciones y por el empuje de sus muchos enemigos.

La siguiente serie de artículos pretenderá pues destapar algunas de las falacias más comunes sobre la Unión Europea y proponer un camino para el futuro a corto y medio plazo. Estos artículos han sido concebidos para todos aquellos europeístas de corazón que, sin embargo, hoy se sienten desanimados y no logran ver cómo se podría salir del actual entuerto. Las que seguirán desde el próximo artículo son cinco propuestas concretas, que sin duda se podrán completar con muchas otras, presentes hoy en el debate académico, e incluso contraargumentar con otras opciones igualmente válidas. Algunas requerirán cambios en los tratados fundacionales de la Unión, pero serían totalmente operativas si existiese voluntad política real entre los líderes nacionales que siempre culpan a esa Europa «impersonal» de sus propias incoherencias y debilidades.

Lea la segunda parte: Los objetivos sociales.

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