Cinco propuestas para una nueva Europa a 27: quinta parte, menos Consejo Europeo y más comunicación

Con este artículo, LA MIRADA EUROPEA cierra el ciclo de ideas mínimas para un necesario renacimiento del proyecto europeo. Proponemos con él dos nuevas y últimas reformas: la del Consejo Europeo, para que se ciña estrictamente a la letra de los tratados, disminuyendo así su alcance; y la de la comunicación mediática, porque se requiere ya un cambio de enfoque radical de la prensa europea, sin cuya contribución nada será posible.

Rafael Guillermo LÓPEZ JUÁREZ

En artículos previos hemos avanzado lo aciago que supone el nacionalismo para Europa y cuán urgente resulta su apaciguamiento. Aunque en efecto hoy los tiempos políticos parecen remar en la dirección contraria, nosotros hemos de reivindicar lo que a nuestro juicio es, ahora más que nunca, impostergable: Europa debe superar su ensoñación nacionalista si desea salvarse a sí misma. Es por ello por lo que nuestra penúltima propuesta se centra en la desnacionalización institucional de la propia Unión.

Si ya defendimos que la Comisión y el Parlamento habrían de dotarse de mayores competencias e influencia puesto que se trata de dos instituciones plenamente comunitarias, es decir, de dos entes que velan por el interés general de los europeos, con una visión de conjunto y no particular de los Estados que la conforman, resulta casi natural proponer, como cuarta medida, que el Consejo Europeo, ese órgano conformado por los jefes de Estado y de Gobierno de los Estados miembros de la Unión Europea, pierda empuje.

Acotar los egoísmos nacionales ha de ser la prioridad y la mejor forma de conseguirlo es limitar el alcance del Consejo y su influencia política. Para lograrlo, basta con solicitar que esta institución se ciña a lo estrictamente asignado en el artículo 15.1 del Tratado de la Unión Europea (TUE), en el que se estipula que «el Consejo Europeo dará a la Unión los impulsos necesarios para su desarrollo y definirá sus orientaciones y prioridades políticas generales. No ejercerá función legislativa alguna».

El Consejo Europeo debería soltar el poder que, con la excusa de la crisis, se ha atribuido y que tanta parálisis, disfunciones y enemistades ha supuesto, desencadenando, por su incapacidad, los discursos populistas y eurófobos que hoy encuentran tantos oídos atentos.

El ente fue mencionado por primera vez en el tratado conocido como Acta Única Europea, firmado en febrero de 1986, pero no fue hasta 1992 cuando se convirtió en institución europea con el Tratado de Maastricht. Desde entonces, el Consejo Europeo no ha hecho más que ganar peso político, hasta el punto de convertirse en el órgano que tomó las decisiones más críticas en los años de la crisis financiera y de la deuda soberana. Desde entonces, nunca soltó el poder conquistado. Los países fuertes comenzaron a imponerse durante esos años y todas las decisiones de calado se decidieron en esas reuniones secretas que, luego, se habrían impuesto a una Comisión Europea sometida. Y es que si bien es cierto que solo esta última tiene la potestad en la Unión de proponer leyes, su contenido ha venido casi dictado por el Consejo Europeo.

Dos problemas se derivan de esta situación. Por una parte, la necesidad casi constante de consenso en esa institución y su carácter eminentemente político suponen, en la práctica, que los países más influyentes se imponen sobre los débiles, so pena de bloquear el funcionamiento de toda la Unión. Por otro, cabe destacar que la asunción de funciones relativas a la unión económica y monetaria no se justifica en el tiempo, ya que limita la capacidad legislativa de la propia Comisión Europea, una situación recurrente por desgracia en los últimos años.

Urge volver pues al origen y recuperar el espíritu comunitario. Si como se afirma habitualmente su función es parecida a la de un Jefe de Estado sin mayores atribuciones políticas que las de marcar el rumbo general de la Unión, convendría que su papel por tanto se ciñese a lo estrictamente asignado. Que debata y negocie, sin duda, pero que no pueda sino indicar la dirección general en que ha de proseguir Europa en su conjunto. Debería, así, soltar el poder que, con la excusa de la crisis, se ha atribuido y que tanta parálisis, disfunciones y enemistades ha supuesto, desencadenando así, por su incapacidad, los discursos populistas y eurófobos que hoy encuentran tantos oídos atentos a lo largo y ancho del continente.

Es imprescindible que la prensa comprenda que sin una cobertura completa de la Europa institucional y también de todos los acontecimientos políticos, sociales y culturales que se producen en todo el continente la Unión no sobrevivirá.

Nuestra propuesta por tanto es sencilla desde un punto de vista legal: no supone cambios de ningún tipo, solo mejoras en la praxis política cotidiana. Y para conseguirlo se impone una propuesta práctica: resulta imperioso que se introduzcan cámaras en sus reuniones, como ya ocurre en el Parlamento. Por medio de la televisación de dichos encuentros, es decir, mediante la introducción de este pequeño pero revolucionario elemento de control democrático y de transparencia, la opinión pública podría ser testigo de lo que ocurre en esas deliberaciones tan esenciales para el futuro de la Unión. Esto, además, evitaría seguramente que se produjesen abusos de poder por parte de ciertos Estados sobre otros en el futuro.

Algunos aducen que dicha televisación no es conveniente, al fin y al cabo en España tampoco se difunden las deliberaciones del Consejo de Ministros, cuyo contenido además sus miembros juran mantener en secreto, tal y como dicta nuestra Constitución, pero también es cierto que el Consejo Europeo no es el Gobierno de Europa, sino una institución más.

UNA PRENSA EUROPEA QUE COMPRENDA Y EXPLIQUE NUESTRO CONTINENTE

Por último, conviene hablar de la quinta reforma, la más importante, aquella sin la que ninguna de las anteriores propuestas tendría éxito: los medios de comunicación que gozan de un cierto prestigio deberían contribuir a la causa acercando Europa a los ciudadanos. Se torna así esencial que toda la prensa, europea o de tirada nacional, colabore con el ideal común tratando cada día, como ya hacen con la política nacional, los asuntos que sean de actualidad en Bruselas. Es imprescindible que comprendan que sin una cobertura completa de la Europa institucional y también de todos los acontecimientos políticos, sociales y culturales que se producen en todo el continente la Unión no sobrevivirá. Es más, ya ha quedado suficientemente demostrado que los ciudadanos no sienten una adhesión espontánea a los asuntos bruselenses si la pedagogía de la prensa es nula; urge pues teñir de cercanía, familiaridad y sentimiento de pertenencia lo que regularmente acontece en las instituciones de la Unión, con particular énfasis en los asuntos del Parlamento, de la Comisión y del Tribunal de Justicia Europeo.

No es una osadía afirmar que Europa hoy está coja: es una evidencia.

Por ende, solo un tratamiento constante de todos los asuntos políticos y legislativos de interés en todos los idiomas utilizados por dichos medios podrá frenar el actual auge del desatino nacionalista. Se ha de acercar, ya y ahora, los proyectos actualmente existentes, fomentar el debate europeo y consolidar el desarrollo de una opinión pública europea. Y no solo eso: será necesario que los medios se interesen por todo lo relevante acontecido en los rincones más insospechados de Europa, que susurren los chismorreos más banales relativos al día a día de las instituciones comunitarias, que relaten las anécdotas y vuelvan humanos a los líderes europeos. Sin eso se cumplirá la catástrofe.

Y si nuestros periódicos y televisiones están faltos de ideas, podrían tomar como referente el particular trabajo desempeñado por POLITICO, un medio de comunicación estadounidense que se ha propuesto unificar la información de relevancia europea en inglés y que informa mucho mejor que los medios europeos de lo que Europa es y hace por los ciudadanos, de lo que no es y debería ser, sin ahorrarse polémicas o debates peliagudos.

CINCO REFORMAS PARA UN NUEVO CONTINENTE

Estas son pues las cinco medidas institucionales, procedimentales o prácticas con las que la Unión Europea podría comenzar a reformarse para transformarse en ese sistema eficaz y enriquecedor que llevase a la práctica, de manera concreta, los valores que justificaron su nacimiento y su desarrollo posterior.

No es una osadía afirmar que Europa hoy está coja: es una evidencia. Y las razones que lo explican son numerosas, porque una unión monetaria sin unión fiscal es estéril, porque si no se tienen en cuenta sino los objetivos presupuestarios se destruye el tejido social y se crea un rencor que carbura el discurso populista y falaz, porque sin un relato común que deje atrás la confrontación histórica de narraciones nacionales y construya una sana confrontación ideológica europeísta no podremos avanzar.

Ojalá tomemos la senda del progreso y del desarrollo y no nos echemos en las manos de los que prometiendo soberanía y prosperidad venden humo.

Es cierto, todas estas reformas de relativa sencillez jurídica pero de profundas consecuencias políticas son medidas de calado, pero parece que ha llegado el momento de que nos preguntemos sinceramente si somos verdaderos defensores de Europa o pseudoeuropeístas, si queremos realmente prosperar juntos o solo dirimir nuestras diferencias, si nos queremos unidos o preferimos ir cada uno por nuestro camino. Tal vez se trate de un problema generacional, probablemente no, pero sin duda son estas algunas de las cuestiones más profundas a las que, como continente, deberemos responder en este primer cuarto de siglo.

Ojalá tomemos la senda del progreso y del desarrollo y no nos echemos en las manos de los que prometiendo soberanía y prosperidad venden humo. A derecha y a izquierda las prioridades se han de revisar: nuestros valores se confrontan con encrucijadas y elecciones que nos van a afectar, pero es el momento del coraje y de la confianza, no de la pesadumbre ni del aislamiento.

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