Elecciones 2019: se busca líder desesperadamente

Federica Mogherini, alta representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, escucha el discurso de Jean-Claude Juncker el 12 de septiembre de 2018.

Europa no cuenta con un líder que convenza. Un líder, a secas: alguien con fuelle, carisma y sobre todo empatía, reconocible por los ciudadanos para encabezar un proyecto que ilusione. ¿Lo encontraremos de aquí a mayo?

Rafael Guillermo LÓPEZ JUÁREZ

Soporífero. Quizá este sea el adjetivo que mejor describa el discurso sobre el Estado de la Unión Europea de Jean-Claude Juncker. Su alegato fue correcto en el contenido e interesante en las propuestas, pero el carisma y la cadencia del presidente de la Comisión fue el mismo con el que habría hablado un condenado en el infierno de la Divina Comedia de Dante Alighieri. Si pretendió apelar a la población, el fracaso fue estrepitoso.

Muchos reiteran a menudo que Juncker es el último europeísta, pero si su amor es Europa, se le notó poco en el hemiciclo. Un hemiciclo, por cierto, que estuvo medio vacío durante los primeros veinte minutos de discurso. Solo los periodistas le pusieron empeño y se les agradece. Si el que escribe, a pesar de ser un europeísta nato, casi desfallece por aburrimiento al escuchar a Juncker, mejor no preguntarse qué habrían opinado los millones de ciudadanos que ni siquiera saben qué es el discurso sobre el Estado de la Unión o quién era ese señor que vino, vio y se fue.

Si Juncker pretendió apelar a la población, el fracaso fue estrepitoso.

Los eurodiputados presentes escucharon al presidente de la Comisión en silencio y sin interrupciones. Parecían seguirle la corriente, no sin cierta pesadumbre, quizá estremecidos por la «gravedad» del momento. El discurso, que en efecto se quería solemne, comenzó evocando los males de las guerras que se producirían si no existiese la Unión. Lástima sin embargo que, no por falso, sino por trillado, el argumentario catastrofista ya no le diga nada a buena parte de la población.

SU DISCURSO, SOLO UNA DECLARACIÓN DE INTENCIONES

Tras las apelaciones al apocalipsis, Juncker aprovechó para enumerar los logros de su Comisión tras cinco —diez— años de sequía presupuestaria y de falta de estímulos significativos, incluso a pesar del plan de inversiones europeo, que se quedó corto, en medio de una crisis económica que se ha vuelto estructural. Cierto es, no obstante, que no podemos culpar de ello, al menos totalmente, al ejecutivo comunitario, pues su capacidad presupuestaria en realidad está profundamente ligada al egoísmo de los Estados y sus decisiones políticas dependen en todo momento de la (no) voluntad de los gobiernos nacionales.

«La inmigración será un tema que se nos imponga en la campaña electoral a pesar de que las cifras están disminuyendo» (Mercedes Bresso, eurodiputada italiana)

Es más, el discurso demostró cómo la actual arquitectura comunitaria está coja y carece prácticamente de iniciativa efectiva propia. Juncker lleva más de un año defendiendo la dimensión social de la UE, pero su alegato no pudo ir más allá de afirmar que «los que hacen caso omiso de las expectativas justificadas de los trabajadores y de las pequeñas empresas ponen gravemente en peligro la cohesión de nuestras sociedades».

El momento más bochornoso se produjo cuando manifestó su apoyo a los griegos y reconoció sus «esfuerzos hercúleos». La declaración exacta fue esta: «Y ahí está Grecia: tras unos años, hay que decirlo, dolorosos, tras graves problemas sociales sin precedentes, pero tras años también de una solidaridad nunca vista, Grecia ha conseguido llevar a buen puerto su programa y se ha vuelto a levantar». Del mismo modo, el momento más triste llegó cuando evocó con excesivo empaque su respeto por la voluntad popular al afirmar su determinación para proponer el fin —pasen y vean— del cambio de hora estacional, que no es que esté de más, pero la verdad es que tiene la relevancia que tiene, es decir, residual.

Entre los políticos actuales, los hay que desconocen sin más por qué la población mundial ha comenzado a votar de repente opciones ultraderechistas.

Lo que no hubo fue ni una sola mención a los conceptos de desigualdad, ni de convergencia económica, ni de justicia social. La política de cohesión, que es el instrumento que permite avanzar precisamente en este sentido, tampoco logró una sola alusión en su discurso. Si a nivel económico los datos podrían favorecer a Juncker, con la creación de doce millones de empleos desde que asumió la presidencia en 2014, no conviene olvidar que al mismo tiempo la Comisión saliente deja un legado nefasto tras una década desperdiciada durante la penosa gestión de la crisis eterna que ha provocado un aumento palpable de la precariedad laboral, unas cifras de desempleo juvenil al 14,8% y un 25% de la población, es decir, uno de cada cuatro europeos, en riesgo de pobreza.

Ahora bien, la «emergencia» migratoria sí tuvo su lugar, haciéndole el juego a los xenófobos. Como decía Mercedes Bresso, eurodiputada socialista, en un evento sobre el futuro de Europa en Bruselas: «la inmigración será un tema que se nos imponga en la campaña electoral a pesar de que las cifras están disminuyendo», porque «invasión, lo que se dice invasión, no hay». Jean-Claude Juncker, sin embargo, advirtió de que esta cuestión podía poner en jaque la supervivencia de la zona Schengen y comunicó que su administración aceleraría el retorno de los migrantes que lleguen de forma ilegal: echémosle gasolina al incendio. A este fin, anunció la creación de una policía europea de fronteras con poderes supranacionales y capacidad para frenar la «permeabilidad de las fronteras exteriores». Para contrastar, en cambio, apeló igualmente a la solidaridad y a la cooperación entre Estados miembros en esta materia, propuso ampliar la Agencia de Asilo de la UE y recordó la necesidad de que se abran vías legales de inmigración «porque necesitamos migrantes cualificados».

UN NUEVO LIDERAZGO

Entre los políticos actuales, los hay que desconocen sin más por qué la población mundial ha comenzado a votar de repente opciones ultraderechistas o populistas, como Bolsonaro en Brasil o Trump en Estados Unidos. Los hay también más optimistas que han creído que con cuatro reformas «moderadas» aquí y allá se iba a arreglar el descontento. También existen quienes prefieren radicalizar su discurso para ver si así ganan votos, como Pablo Casado en España, en un intento loable por ceder con garbo y de un plumazo su espacio político a Ciudadanos. Algo de amor hay.

En la derecha, en el centro y en la izquierda nadie concita consenso, admiración ni esperanza.

De esos grupos, empero, ninguno ha dado en el clavo. Los europeos reclaman con total legitimidad que sus políticos apliquen medidas contundentes contra la «imparable» desigualdad de renta, que reformen las democracias para adaptarlas a la nueva era digital y que lideren, en lugar de quedarse observando, las transformaciones del mercado laboral para adaptarlo a los nuevos empleos, en beneficio de las necesidades de la nueva generación. Aún así, tampoco bastaría con el fondo: se requieren nuevas formas. Una nueva comunicación.

Parece indiscutible: hoy escasean líderes de verdad. En la derecha, en el centro y en la izquierda nadie concita consenso, admiración ni esperanza. Estamos huérfanos a nivel nacional y resulta de una evidencia lacerante que los ciudadanos se identifican aún menos con los dirigentes de la «lejana» Unión Europea. Aunque por fortuna el Parlamento Europeo está dejando de ser el cementerio de dinosaurios políticos para convertirse en la cantera de una nueva generación de servidores públicos, dicha renovación se debe también producir en los dirigentes de las instituciones comunitarias.

Es urgente contar con un líder que sepa articular discursos que nos hagan soñar.

Ejemplos en los Estados hay muchos. Matteo Renzi en Italia, sin ir más lejos, tenía las propuestas pero no las formas, pues no creía en lo que decía y eso se percibía. Al no querer unirse a los del Movimiento 5 Estrellas, dejó que estos se aliaran con los ultras de la Liga, regalando el altavoz a Matteo Salvini. Emmanuel Macron, en cambio, ha entendido el desafío que depara a Europa, pero está demasiado ocupado en los gestos como para llegar al fondo. Angela Merkel es ya una líder sin carisma de otra época, y en Alemania siguen sin saber quién podría reemplazarla. En España, Pedro Sánchez se erige en un líder sensato y lleno de buenas ideas pero le falta, como siempre ha sido el caso, el arte de convencer a las masas, aunque parece que cada vez se maneja mejor.

Sea como fuere, lo que sí está claro es que en la UE no convienen ya nuevos Júnckeres, Manfred Weberes ni equivalentes. Por favor, nunca más un burócrata aburrido. A Europa le sobran buenos gestores, pero le faltan líderes. Líderes de verdad con un cariz distinto: de los que marcan el paso, de los que reconfortan, de los que le hacen a uno sentirse orgulloso del proyecto al que pertenece y al que con pasión se quiere sumar.

No se trata de que llegue el mesías o un líder providencial, pero sí que alguien sepa proyectar una imagen presidencial y que disponga del arte de saber escuchar y conectar con una mayoría social. Es urgente contar con alguien que sepa articular discursos que nos hagan soñar y que luego los plasme en hechos que nos convenzan. Conservadores, socialistas, izquierdistas, liberales: tómenselo en serio y propongan a alguien que sepa comunicarse en este nuevo tiempo. Sin una cara reconocible y apreciada, Europa pronto se perderá en el marisma de sus propias contracciones, herida de muerte por la apatía de su población.