Entender el debate económico transnacional: ¿quién bloquea las reformas y por qué?

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Partimos de una constatación: una parte considerable de la población europea todavía sufre los efectos de la crisis financiera de 2008 y el empleo que consigue, cuando lo consigue, suele ser de baja calidad. En este modelo de desigualdad y de precarización, se acrecienta la crisis de desconfianza entre los ciudadanos y los políticos, cuya respuesta tiende a ser la parálisis. Con la llegada de las opciones políticas antidemocráticas, solo un elemento parece evidente: no tomar decisiones hoy es una pésima opción. 

Rafael Guillermo LÓPEZ JUÁREZ

El contexto es alarmante. Según el FMI, el promedio de deuda pública de la eurozona es de 84,4% del PIB. A su vez, el Banco Central Europeo, que durante años ha mantenido un dique de contención con la compra de deuda y con inyecciones de liquidez por valor de 2,6 billones de euros en los últimos seis años, ha decidido frenar sus estímulos monetarios. Por otro lado, el crecimiento económico de la zona euro ha pasado de un 2,4% en 2017 a una previsión de 1,9% en 2019. 

La gran crisis, todavía presente para los países del sur de Europa por culpa de la eterna austeridad inoperante, obligó a los políticos a reaccionar. Fue entonces cuando construyeron el estrecho corsé fiscal que dio a los países del norte la sensación de que todo estaba bajo control. Una vez pasado lo peor, sin embargo, dejaron el edificio a medias por la dificultad de superar las eternas diferencias entre Estados miembros en materia de unión monetaria y fiscal.

Parece como si nuestros líderes nacionales estuviesen esperando la próxima crisis para volver a avanzar.

Corría 2012 cuando el entonces presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, presentó una hoja de ruta para integrar los sistemas fiscales y financieros nacionales. Entre las medidas se incluyeron un fondo de garantía de depósitos, emisiones de deuda pública comunes y un presupuesto integrado. Siete años después, todo sigue siendo idealismo en papel e iniciativas como los eurobonos, la instauración de un ministro de economía de la zona euro o un seguro de ahorros europeo siguen atascadas. 

Parece como si nuestros líderes nacionales estuviesen esperando la próxima crisis para volver a avanzar bajo la presión de la necesidad. Lo cierto es que siempre ha sido así como se ha construido la zona euro, pero en el contexto actual resulta una estrategia de alto voltaje económico y político. Los ciudadanos esta vez no parecen muy decididos a premiar a nuestros líderes por su pasividad infinita.

UNA UNIÓN BANCARIA A MEDIAS

Francia y Alemania siguen pensando que juntos, sin contar con nadie más, pueden impulsar la UE. A finales de 2018 en Meseberg (Alemania), el presidente francés, Emmanuel Macron, y la canciller alemana, Angela Merkel, firmaron una declaración que debía relanzar el proyecto de integración económica y monetaria y que se quedó en papel mojado cuando, a la hora de la verdad, Merkel dio marcha atrás. 

En la última cumbre del Consejo Europeo de diciembre se vio el escaso recorrido de las negociaciones entre los Estados y no por razones técnicas: las dificultades de la eurozona para avanzar y consolidarse no es sino político, pues todas las opciones están ya más que estudiadas y solo habrían de aplicarse si hubiese voluntad de hacerlo. Pero no la hay: los Estados miembros no lograron ponerse de acuerdo en el fondo de garantía de depósitos ni en medidas de carácter fiscal, aunque sí acordaron reforzar los pilares de supervisión y resolución bancaria mediante la reforma del Mecanismo Europeo de Estabilidad (Mede).

Para entendernos, el Mede es una especie de FMI comunitario: una red de seguridad que serviría como fondo de resolución para bancos en crisis. O dicho de otro modo: se trataría de un mecanismo de última instancia, dotado de 55.000 millones de euros, que serviría para cubrir las necesidades de solvencia y de liquidez de las entidades que pudiesen correr el riesgo de entrar en quiebra, evitando así que se utilizase dinero público para ello.

Francia y Alemania, por su parte, sí acordaron relanzar la idea de un presupuesto para los países de la moneda única.

La idea de la Unión Bancaria es que todo ciudadano pueda realizar su actividad financiera con un banco de otro país sin trabas y con las mismas garantías. Las fronteras se desdibujarían progresivamente y las entidades bancarias adquirirían una dimension transfronteriza. De esta forma, los bancos podrían operar en la zona euro con una jurisdicción única. 

UNIÓN FISCAL, ¿POCO Y TARDE O POCO Y NUNCA?

Lo que sí que está aparcado sine die es la propuesta italiana de limitar la deuda pública de los balances bancarios. El ministro alemán de finanzas, Olaf Scholz, ya ha advertido en varias ocasiones que ese tipo de medidas solo se tomarán al final, cuando esté casi completada la unión económica y monetaria. Al menos reconoce así, implícitamente, que la unión está incompleta y que es disfuncional.

España igualmente presentó en otoño un informe para desarrollar un seguro europeo de desempleo, apoyado por Francia, Portugal y por Olaf Scholz, aunque no por Merkel. La ministra española de economía, Nadia Calviño, lo vendió como un «rescate ciudadano» que, sin sustituir el subsidio por desempleo nacional, sí permitiría complementarlo y evitar que, en tiempos de crisis, los estabilizadores automáticos acabasen disparando los déficits públicos. 

El rechazo de los países nórdicos a cualquier mecanismo estabilizador está impidiendo negociar propuestas de unión fiscal.

Francia y Alemania, por su parte, sí acordaron relanzar la idea de un presupuesto para los países de la moneda única. La propuesta se centra en la financiación de inversiones y se adscribe al Marco Financiero Plurianual (MFP) de la UE. Sus objetivos son la «competitividad» y la «convergencia» de los países del euro, así como la «estabilización» ante una crisis. Sin embargo, es precisamente este último punto el que no gusta a la coalición de países nórdicos, encabezada por los Países Bajos, pues supondría la introducción de mecanismos de solidaridad en la UE tras una recesión que, por ejemplo, frenasen las profundas desigualdades en las sociedades en las que más se aplicaron los recortes.  

LA LIGA HANSEÁTICA, NACIDA PARA BLOQUEAR

Ya se sabe: los que bloquean en Europa son los Estados, no las instituciones llamadas «supranacionales». El rechazo de los países nórdicos a cualquier mecanismo estabilizador está impidiendo negociar propuestas de unión fiscal, ineludibles para lograr que la unión monetaria sea funcional. Se trata como siempre de una batalla poco pragmática y muy ideológica entre los países del norte, amantes de la disciplina fiscal, y los del sur, que exigen una mayor integración fiscal para mantener la moneda única. El choque perpetuo es la razón por la que las decisiones continúan edulcorándose o postergándose, lo que impide avanzar en la dimensión social de la zona euro, que a su vez favorece el ascenso de los eurófobos y de la extrema derecha.

Los países que integran la Liga Hanseática son los Países Bajos, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania e Irlanda. En Bruselas los llaman así por la federación comercial de ciudades nórdicas que cooperaron en el mar Báltico durante la Edad Media. El pegamento que une a este grupo, al que se le acusa de hacer el trabajo sucio a Alemania, es la disciplina fiscal. Su filosofía es que los países europeos deben llevar a rajatabla sus cuentas públicas para cumplir el Pacto de Estabilidad y de Crecimiento impuesto por Alemania en 2012 durante la crisis. Para ello, defienden que se han de llevar a cabo «reformas estructurales» y que se han de construir colchones fiscales a nivel nacional en tiempos de bonanza para afrontar las crisis. En sus tesis no hay ni rastro de que compartimos una misma moneda y una misma política monetaria.

La ventana de oportunidad, si alguna vez existió, se está cerrando.

Este grupo rechaza todo mecanismo de estabilización a nivel europeo y lanza una advertencia moral: el sistema de transferencias propuestas por el sur no favorece a los ciudadanos, sino que más bien los perjudica, ya que los lleva a una laxitud moral que desincentiva las reformas en los países receptores de dichas transferencias. El ministro de finanzas francés, Bruno Le Maire, ya los ha acusado de debilitar Europa. El debate está caldeado.

NO HAY MÁS TIEMPO

La ventana de oportunidad, si alguna vez existió, se está cerrando. Estamos a cuatro meses de las elecciones europeas y la próxima cumbre del euro tendrá lugar en junio. No cabe duda de que los procesos de unificación económica van siempre más lentos de lo que sería deseable o necesario, pero es obligado avanzar ya por la vía del pacto para lograr nuevos instrumentos económicos comunes. Cabe preguntarse si es posible compartir una moneda y un espacio económico común cada vez más interdependiente sin mecanismos que permitan mutualizar también los riesgos que supone estar unidos. Es imposible obviar que actualmente existe un flujo de capital humano y también financiero del sur de Europa al norte que favorece a este último, mientras que, por el contrario, se niega la posibilidad de crear mecanismos de compensación social o financiera para paliar los efectos de la sangría. Medidas como el presupuesto europeo, los eurobonos y el seguro por desempleo europeo permitirían mitigar los desórdenes de una unión monetaria incompleta y en desequilibrio. El resto es ficción. No podemos quedarnos de brazos cruzados diciendo que la economía va bien mientras se aproxima una nueva desaceleración económica y, con ella, una crisis política de primer orden.