Extrema derecha: los dos timos que pueden costarnos la libertad

Matteo Salvini, viceprimer ministro italiano y líder del partido de extrema derecha, la Liga.

La extrema derecha usa artificios lingüísticos y conceptuales para acercarse al poder. Evoca un «patriotismo» renovado y salvador, una «Europa de naciones» melodiosas y una lucha sin cuartel contra las «élites» económicas de esta Europa «burocrática y despótica», pero todo esto no son más que patrañas. Te contamos por qué.

Rafael Guillermo LÓPEZ JUÁREZ

Ya no se escucha, ¿verdad? Tras el bochorno del Brexit, nadie habla ya de salir de Europa. Es como si se hubiese esparcido una especie de Alzheimer generalizado. Las extremas derechas nacionalistas, xenófobas, racistas, homófobas y ultraconservadoras, aunque ultraliberales en lo económico, y por tanto elitistas, ya no tienen el objetivo de salir de la UE como solución a todos los males. Ahora la nueva moda en el campo ultra es proponer una Europa «distinta», una «Europa de naciones», que suena mejor, aunque sea lo mismo que admitir su intención de hundirla.

La Europa de naciones es un concepto que puede sonar apetecible porque, por un lado, transmite la idea de una «reforma a favor del pueblo» de la estructura de la UE. Por otro, da pie a una fantasía nacionalista en la que todas las naciones se priorizan a sí mismas de forma egoísta pero a la vez son hermanas y viven en armonía. Cada una con su identidad, pero mirando por y para sí. Bonito, ¿no?, si no fuera porque es solo un espejismo del lenguaje de los ideólogos de la ultraderecha, con poco encaje en la realidad.

Ahora la moda en el campo ultra es proponer una «Europa de naciones», que suena mejor que salir de ella, aunque sea lo mismo que admitir su intención de hundirla.

Le Pen, Salvini, Orbán, Kaczyński, los de Vox, los de Vlaams Belang y todos sus aliados a nivel europeo y mundial venden humo. Habría mucho que decir sobre su interesante uso de la lengua para convertir en aceptable lo que no lo es, pero en este artículo solo analizaremos las dos falacias primeras, que parecen legitimarlos.

PRIMERA FALACIA: LA EUROPA DE NACIONES

Muchos en Europa se asustan cuando alguien propone seguir avanzando hacia un modelo federal, que respete la diversidad pero coordine las distintas partes del organismo común que es la Unión Europea. Querer un modelo donde se pierda soberanía individual para ganar soberanía compartida y tener mayor fuerza en el mundo no es idealista: es simplemente la única forma de ser libres hoy. Lo llamemos como lo llamemos, hoy el camino es una mayor integración europea, que no será política todavía, pero sí avanza en esa dirección.

No hay alternativa a un modelo federal de Europa porque la otra opción es la guerra. Ahora bien, dentro del federalismo sí hay numerosas propuestas sobre cómo organizar ese estar unidos, algunas más liberales, otras más progresistas, incluso conservadoras o izquierdistas, pero nunca nacionalistas. En realidad, los que no aceptan un modelo federal (el que sea) de Europa, están defendiendo una Europa confederal, una Europa de los Estados.

Las confederaciones cuentan con dos características principales: por un lado, que recurren a la unanimidad para la mayor parte de sus decisiones, lo que lleva al bloqueo permanente, y, por otro, que sus miembros pueden abandonarla cuando lo deseen. Este es el modelo que están defendiendo las extremas derechas en estas elecciones. Lo que no dicen, sin embargo, es que nadie en su sano juicio los apoyaría porque solo existen dos modelos confederales en la historia, el suizo y el estadounidense, y ambos terminaron en una guerra, que a su vez desembocaron en la consolidación de federaciones.

No hay alternativa a un modelo federal de Europa porque la otra opción es la guerra.

Las confederaciones tienden a la guerra porque son inestables y lo son porque, por su propia definición, son modelos que viven bajo la eterna amenaza de que sus miembros las abandonen y, por tanto, sufren un chantaje permanente. Los Estados negocian y, si no obtienen lo que quieren, se van. Para que esto no ocurra, el resto cede y concede. Se trata de un modelo nefasto porque, con el tiempo, el resto de actores sobre la mesa aprenden el juego y lo aplican, con lo que al final se generan una serie de incentivos centrífugos que solo pueden llevar a la desintegración. Son sistemas inestables porque siempre se están cuestionando su propia esencia.

Las dos alternativas al modelo confederal son el modelo unitario, es decir, todos iguales y a acatar lo que se ordene desde la capital, o el modelo federal, donde cada cual puede organizarse como quiera dentro de los límites que impone el funcionamiento armónico del conjunto.

El objetivo de estos «europeístas de las naciones», Le Pen, Salvini y compañía, por tanto, no es tanto construir una Europa de naciones, sino hacer implosionar la UE. No hace falta salir de ella, se dicen, porque no existirá. Que este es su plan queda de manifiesto cada vez que se reúnen todas las extremas derechas del continente, como fue el caso la semana pasada en Eslovaquia, porque, a pesar de sus esfuerzos por disimularlo, solo están de acuerdo en que no están de acuerdo. Ni en la cuestión de los migrantes, ni en cómo gestionar la economía, ni en cómo organizar el comercio europeo. Cero sintonía porque todos barren para casa. Y ya sabemos dónde se acaba cuando se opera con tanto egoísmo.

SEGUNDA FALACIA: TODO POR LA PATRIA Y PARA EL PUEBLO

Lo único que los une es el enemigo común, la UE, a la que pintan como una fortaleza de burócratas elitistas que solo actúan a favor de las grandes fortunas. Enfrente están ellos para defender a los pueblos de Europa de la globalización, patriotas en los que se puede confiar. Lástima que a estos pretendidos soberanistas los asesore un extranjero, el estadounidense Steve Bannon, ideólogo de Donald Trump, desde su piso millonario en el centro de Roma, o esta última semana de elecciones desde su habitación de 2500€ por noche en el Hotel Bristol de París.

Nada como el rencor para volverse anti y votar ultraderecha, pero en sus mentiras nadie encontrará remedio, sino más dolor.

Este patriotismo es como el de esos a los que hace unos años se les llenaba la boca con España y luego contaban con cuentas en Suiza, muy coherente. Su lenguaje es el del miedo y su política, la de la conspiración. Por ejemplo, si en Italia va mal la economía desde que este gobierno aplica una política incongruente es culpa de Bruselas y de los organismos internacionales, que traman contra ellos para hacer caer el gobierno. La extrema derecha se alimenta del hartazgo generado por la política de austeridad y por esa sensación de que en Bruselas mandan los grandes grupos de presión, pero cuando critican las políticas liberales de la UE no cuentan que las suyas son mucho más ultraliberales en lo económico, porque benefician a los grandes patrimonios, y ultraconservadoras en lo social, antitodo, eliminando sistemáticamente derechos y acallando a quien no comulgue con sus ideas. Nada como el rencor para volverse anti y votar ultraderecha: antimujeres, antimigrantes, antihomosexuales, anticualquieraqueseamásfelizqueyo. Pero en sus mentiras nadie encontrará remedio, sino más dolor.

Es difícil imaginar un escándalo mayor que el que explotó el pasado 17 de mayo, que puso a la extrema derecha ante sus propias contradicciones en lo que respecta a su fraudulento patriotismo y a su supuesto buen hacer a favor de los pueblos. Un vídeo de perfecta calidad, que data del 2017, en el que se ve y escucha al vicecanciller austriaco, Heinz-Christian Strache, de extrema derecha, ofrecer a una joven que él cree vinculada a un oligarca ruso contratos públicos lucrativos a cambio de apoyo financiero para su partido, hunde su discurso.

Durante la conversación, grabada en Ibiza, una semanas antes de las elecciones parlamentarias en Austria, Strache comentó también la posibilidad de que el inversor ruso tomase el control de un periódico popular austriaco para apoyar a su partido de extrema derecha, el FPÖ, y mencionó la estrategia de control de los medios de comunicación del primer ministro húngaro Viktor Orbán, también de extrema derecha, aunque miembro del Partido Popular Europeo.

Es difícil imaginar un escándalo mayor que el que explotó el pasado 17 de mayo, que puso a la extrema derecha ante sus propias contradicciones.

Las revelaciones han creado un seísmo político tal que Strache tuvo que dimitir como vicecanciller y como jefe de su partido, provocando la caída del gobierno austriaco, que convocó elecciones. Ahora bien, este escándalo no es solo del país centroeuropeo: confirma las peores sospechas de los gobiernos democráticos sobre los vínculos de estos partidos de extrema derecha con las estructuras de poder rusas de Vladimir Putin. Estos «patriotas», parece confirmar este caso, en realidad venden secretamente el interés general de sus nacionales al presidente de un país, Rusia, que intenta interferir y manipular los procesos electorales dentro de la UE, acabando con nuestra libertad para elegir a los que nos gobiernan.

Estas revelaciones se cernieron sobre la gran misa nacionalista organizada el 18 de mayo en Milán por Salvini junto con otros diez partidos de extrema derecha, entre los que se contaba el Rassemblement National francés de Marine Le Pen. Si esta intentó salvar los muebles condenando la «negligencia grave» de Strache, el viceprimer ministro italiano ha preferido guardar silencio.

Conceptos como una «Europa de naciones», el «patriotismo» o la defensa del débil pueden resultar atractivos para un público más conservador, pero puestos en la boca de los dirigentes de extrema derecha son palabras vacías de contenido y peligrosas para nuestras democracias, pues ponen en riesgo no solo nuestra forma de vida, sino también, y de forma más grave, nuestra libertad para pensar y ser lo que queramos pensar y ser como ciudadanos autónomos y emancipados.